martes, septiembre 06, 2005

De la Tierra a la Luna



El cielo de la noche, con sus planetas, estrellas y soles agrandando los ojos, ha sido desde siempre una metáfora de la inmortalidad. Una pregunta constante y al mismo tiempo una tentación por alcanzar, ya fuera con palabras, fórmulas matemáticas o naves espaciales, la mente de la divinidad y nuestra conexión con el cosmos. Contra su telón negro se han contado, alrededor de una hoguera, a la vera de un camino o con un ojo pegado a un telescopio, todo tipo de historias. Y la esquiva Luna ha sido el cuerpo celeste más invocado por quienes creían que en su silencioso dominio de la noche había más que una dama de compañía para la Tierra y que su órbita era más que un meditado paso de baile celeste.
Todos los poetas la han usado como testigo de su amor, de su desamor, de su soledad y de su muerte. Y todos han tratado de alcanzarla. Los éxtasis matemáticos, religiosos y poéticos muchas veces se han confundido a lo largo de la historia de la literatura. Por eso no es extraño que los primeros escritores fueran a la vez incansables escrutadores del cielo que, sin saberlo, estaban creando al mismo tiempo un género, el de lo fantástico; una ciencia, la astronomía; y un anhelo, el del viaje a la Luna.
Si como dice Borges, "cada escritor crea a sus precursores", podríamos remontarnos hasta Aristófanes pues su isla aérea Nefelokokygia es un satélite artificial o a la Historia verdadera de Luciano de Samosata en la que describe un viaje a la Luna en barco.
Pero es en el Renacimiento cuando los escritores empiezan a enviar hombres a nuestro satélite natural en gran escala. Entre ellos están Tomás Moro y su Utopía (1516); Johannes Kepler, el padre de la astrofísica, y el Sommium astronomicum (1634) en el que Duracotus, su héroe, viaja a la Luna conducido por demonios y se encuentra con los pripolvani y los subvolvani, laboriosos selenitas constructores de cráteres; el intrépido aventurero español Domingo González había llegado a la Luna en el año 1629 gracias a una máquina voladora tirada por gansos en El hombre en la Luna (1638) de Francis Godwin; el Descubrimiento de un nuevo mundo en la Luna (1638) de John Wilkins que inclusive diseñó una máquina; Cyrano de Bergerac y su El viaje a la Luna (1657) en el que intenta convencer a los selenitas de que, efectivamente, la Luna es apenas una luna; y Voltaire que en su Micromegas (1752) tiene un increíble encuentro con dos ET.
La cantidad de obras que tienen este tema del viaje a la Luna es muy grande, y ya sea que la intención fuera filosófica, satírica, científica o sencillamente literaria, es obvio que venimos viajando y llegando a la Luna desde hace muchos siglos.
El viajero más conocido, y en sentido estricto el creador de la ciencia ficción moderna, es Julio Verne que en su De la Tierra a la Luna (1865) describe hasta el último detalle de la ciencia balística contemporánea el lanzamiento de una enorme bala a la Luna, con tripulantes humanos, aunque olvida que la aceleración los habría "frito".
Otro viajero notable es H.G. Wells, cuya novela Los primeros hombres en la Luna (1907) retoma el mundo subterráneo de Kepler y concibe una Luna hueca.
Durante el siglo XX la ciencia ficción creció y ganó en profundidad como género y como literatura. Obviamente ya no hay límites en el espacio y siempre se trata de llegar "adonde nadie ha llegado antes", como bien reza el mandato de la inefable Enterprise de Star Trek.
Después de las misiones Apolo, después de aquel primer "pequeño paso para el hombre, gran paso para la humanidad" la Luna es el querido patio de la Tierra, a la que es fácil llegar.
Por eso, más allá de toda literatura, más allá de la ciencia, o de cualquier teología de las estrellas podemos decir con Kepler: "No nos preguntemos qué propósito útil hay en el canto de los pájaros, cantar es su deseo desde que fueron creados para cantar. Del mismo modo no debemos preguntarnos por qué la mente se preocupa por penetrar los secretos de los cielos. Los tesoros que encierran los cielos son tan ricos, precisamente para que la mente del hombre nunca se encuentre carente de su alimento básico".

(c) Patricia Rodón, en Diario UNO de Mendoza

8 Comments:

At 8:02 p. m., Blogger El Primo Ralsa said...

Es un buen canto contra los que cacarean la sempiterna queja del despilfarro de la investigación espacial. Nunca entendí que, habiendo tanto derroche terrenal estúpido (a más no poder), siempre se acaben metiendo con la búsqueda del conocimiento por considerarla improductiva.¡Caramba! Decir que el conocimiento puro es improductivo es parte de la forma de pensar de aquellos que se empeñan en especializar la enseñanza para fabricar sólo profesionales solventes, pero burros en ilustración. Que aquí, en España, estamos en peligrísimo de ir en esa dirección.
Por otro lado, a lo largo de "Star Trek" han circulado ya siete naves con el nombre "Enterprise", no sólo una. Es un cometario "freak".
Saludos

 
At 9:56 a. m., Anonymous Fernando G. Toledo said...

PATRI: No había leído este artículo y es un buen homenaje a todos los que creían que la Luna era mejor que la tierra sólo porque era brillante. Me quedó picando la frase de Kepler, el gran Kepler: es una boludez, me parece. Da por seguro que "los cielos" tienen un objetivo, y ése es hacernos pensar. Es clásico de su postura, un escéptico como él que suspendía su escepticismo cuando de dioses se trataba. Se creía creado, por ejemplo, por un Dios. Elaboraba zodíacos sólo para ganar dinero, pero los deploraba. Un despistado como él habría dicho que las estrellas brillan para que los astrólogos piensen en los signos.

 
At 11:14 p. m., Blogger Patricia Rodón said...

Fer. ¿Has leído alguna biografía de Kepler? Cuando estés listo para una discusión en serio, avisame.

 
At 11:25 a. m., Blogger Fernando G. Toledo said...

PATRI: He leído cosas sueltas sobre Kepler y lo que cuenta Carl Sagan en Cosmos, que ya es mucho. ¿Y por casa como andamos? No había visto muestras de "seriedad" (uhhh, qué miedo) en estos comentarios o en los artículos, por eso el desliz. OK: me voy a leer una biografía de Kepler para ver si era o no un boludo (no lo creo). Pero eso no quita que su frase sí sea una boludez.

 
At 10:34 a. m., Anonymous Johannes Jotalius Lupus said...

Fernando: ¿Cómo podes menospreciar la bella frase de Kepler y degradarla porque no estás de acuerdo con sus creencias?
Muchas veces, la palabra, pequeño saltamontes, no necesita del autor para ser. Otras veces, lo usa para salir a la luz.

 
At 10:37 p. m., Blogger Patricia Rodón said...

Johannes Jotalius. Gracias por entender que hubo y hay muchas personas para las cuales el misterio es su alimento básico.

 
At 1:46 p. m., Blogger Fernando G. Toledo said...

Johanes y/o Patri: No degrado la frase de Kepler, se degrada sola. Pensar que los cielos tienen un objetivo es agregar un misterio infantil al asunto. Hay misterios más interesantes, y en todo caso para Kepler, pareciera, no era un misterio eso: era una certeza (ya lo dije: era escéptico hasta que le daba el escozor trascendente y después, dale con que el cielo es rico sólo para que el hombre se alimente: no entiende que es al revés, que el hombre quiere penetrar los cielos por su riqueza. Si los cielos no tuvieran esa riqueza, la mente buscaría alimentarse de otras cosas que sí la tuvieran).

 
At 12:27 a. m., Anonymous Anónimo said...

Patricia, por favor, comunicate conmigo al iregruss@fibertel.com.ar
es por una antología. gracias, irene gruss

 

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